Nunca
sabremos el momento exacto en el que nos enamoramos, ni tampoco cuándo
terminará. Nos permitimos que invada todo nuestro ser, dejando que atraviese
hasta los huesos, y transitamos por un universo entre la gente, enamorados,
vivos, latiendo misteriosamente con esa energía dulce y a veces amarga. Sentir
el amor es lo más poderoso que nos permite ser humanos, nos abre puertas y nos
adentramos en mundos que creíamos conocer. Hasta que un día, o una noche, todo
el escenario lleno de luces comienza a apagarse y quedamos solo nosotros,
quienes nos permitimos seguir el camino ahora sin compañía. Y de pronto, allá a
lo lejos, vemos a alguien acercarse, y al mismo tiempo es como si nos buscara y
algo nos dice que no nos equivocamos. Comenzamos a percibir ese sabor extraño
que nos provoca la sensación de enamorarnos, lo deseamos como el aire fresco.
Llenamos el alma de pasión, volvemos a la luz, nuestra propia luz, que brilla
más intensamente. Llega el momento en el que estamos frente a frente, y los
cuerpos temblorosos, a veces imperceptiblemente, nos recuerdan el comienzo. No
sabemos qué hacer, pero nos dejamos llevar, esquivamos las miradas porque ambos
llevamos dentro una verdad potente que asusta, pues liberaremos una energía que
destruirá esquemas, miedos, costumbres aceptadas en silencio, ropajes que nos
sirvieron para disimular, mentiras instaladas usurpando espacios, y para que
esa explosión suceda, sola bastará mirarnos en silencio, con los ojos desnudos
y el alma con el cuerpo dispuestos. Mientras tanto en la calle sigue esa vida
de los demás, de los otros, y uno de los dos se levantará y saldrá sin decir ni
hacer nada, la música sonará ahora sin sentimiento y una vez más en la tierra,
esa revolución que lo cambiaria todo, se esfumó y no sabrán el porqué, pero
igual maldecirán, un minuto antes de morir, la sombra del silencio que apagó aquella
luz
CZ